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28 de marzo de 2011

LECTURA ~ Daniel Vega

Titulos: Coleccionista de polvos raros
Autor: Pilar Quintana
Edita: Alfaguara
Año: 2007


Imagino a Pilar Quintana en su retiro selvático, con una mirada profunda, bañada por el sol, fumando un cigarrillo en una orilla del Pacífico, escribiendo historias basadas en una realidad de la que ella fue participe y a la que ahora evoca desde un paradisiaco paréntesis.

Hace poco escuché a un escritor despotricar sobre las biografías de solapa, porque a él le daban la impresión de que los autores tienden a lucirse en ellas, como para demostrar una formación vital e intelectual previa que justifique el hecho de escribir. Participando del argumento, no parece fundamental para entender la narrativa de Pilar Quintana saber que trabajó en televisión, en publicidad, cuidando jaguares o empaquetando mangos. Los hechos nos remiten a la publicación de su primer libro Cosquillas en la lengua, una novela de tintes autobiográficos. La Editorial Planeta buscaba escritoras colombianas para editar una antología de relatos. Pilar no tenía relatos, pero ofreció su novela y la editorial la publicó.

Y lo que sí que tiene más importancia es su inclusión en el grupo Bogotá 39, tanta que probablemente hoy estemos hablando de ella por esa circunstancia. Bogotá 39 es un grupo de 39 autores menores de 39 años, elegidos por un jurado formado por tres escritores colombianos con motivo de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, celebrada en 2007. Como en todo este tipo de iniciativas, caben todos los “peros” posibles, pero el hecho es que el invento funcionó a nivel de marketing y hoy sus componentes son un poco más conocidos.

Pilar Quintana se declara deudora del estilo conciso de escritores como Graham Greene, Joseph Conrad o Charles Bukowski, aunque también, cómo no, reconoce su admiración por los grandes Dostoievsky, García Márquez, Petronio o Cervantes, y por escritores como Roberto Bolaño o Kurt Vonnegut. La realidad inspira su literatura de manera directa como en su primera novela, o de forma más incidental como en Coleccionista de Polvos Raros. Si hay que buscar un denominador común en sus historias quizás tengamos que pasar por su Cali natal, esa ciudad abierta, acogedora y a la vez amenazadora y difícil. Puro barrio, que diría un castizo. Ahora reside apartada de todo ese fragor mientras termina su próxima novela que transcurre en un edificio para yuppies.

Coleccionista de Polvos Raros es un retazo de vida de un grupo de jóvenes en una ciudad colombiana, que bien pudiera ser Cali, y cuyas peripecias nos trasladan a una realidad reconocible, pero en cierto sentido reveladora. Jóvenes que se encuentran en bares, que buscan sexo, amistad, pareja, poder, cambios de estatus. El protagonismo de la novela lo comparten La Flaca, una lolita de periferia, que no sabe decir que no a un polvo y que se enamora de un chico de diferente estatus social al que pretende atrapar como a todos, a través del sexo: “Mi chocho es un bien invaluable porque siempre me ha conseguido lo que quiero en la vida, sólo tengo que compartirlo con generosidad”; y El Mono, un joven poco agraciado en lo físico, pero hijo de empresario, que se enamora de La Flaca y que también es adicto a coleccionar esos polvos raros que dan título a la novela. Lástima que el protagonismo de ambos esté dividido tan radicalmente en las dos partes de la novela, porque al principio no se entiende del todo la figura de El Mono y al final se echa en falta la presencia de La Flaca.

Pilar Quintana compone estos dos personajes a base de un lenguaje directo, cargado de jerga juvenil utilizada de modo instrumental, como parte de una realidad latente que ayuda a dotar de verisimilitud a la historia, sin pretensiones innovadoras y casi siempre frustrantes como pudimos comprobar en novelas como Diablo Guardián de Xabier Velasco. Un lenguaje que usa normalmente con economía de recursos y crudeza para las descripciones, quizás como concesión al estilo del realismo sucio del cual se siente en parte deudora. Los diálogos cobran especial importancia y hay reflexiones de los coprotagonistas que están destacadas en cursiva y expresadas en primera persona, como si trascendieran de la narración. Da la sensación de que esos pensamientos de los protagonistas se elevan al primer plano de la narración impulsados por la fuerza de la personalidad de La Flaca y El Mono y que dejan ver jirones de verdad de ellos, como cuando ponemos voz o cara a alguien del que hemos leído u oído hablar.

La ironía es un recurso que Quintana usa recurrentemente y que ayuda a reforzar un estilo contundente, además de deleitar a lector con perlas narrativas regocijantes: “Como todo el mundo sabe, el poder de don Chepe se deriva de cierta planta nativa, con propiedades tan exóticas que, al mezclarse con ingredientes selectos, produce un polvo mágico de exportación. A gringos y europeos les fascina metérselo por sus rosadas narices para sentirse dicharacheros y vivarachos.”

Es cierto que la globalización ataca duro y muchos de los escenarios, conflictos y circunstancias de la novela son reconocibles, pero queda un poso identitario en esta ciudad corrompida por los narcos, con un clasismo más nítido que en la vieja Europa, un lenguaje que todavía tiene algo de jerga autóctona y una ciudad que denota cierta personalidad, aunque ya muestra los signos inequívocos de esa uniformidad que asola al planeta. La avenida sexta de la ciudad sufre una mutación globalizadora que se extiende por todas sus calles: locales que pretenden ser chic, edificios remodelados con dinero de los narcotraficantes al estilo europeo, inercias urbanas exportadas… Todos esos síntomas se expanden como un virus. “Lo único auténticamente criollo y sin pretensiones, está en las esquinas. Jíbaros, chulos, putas, maricas, travestis, machorras”. Esa tensión de la ciudad que resiste por permanecer frente al movimiento sísmico globalizador, subyace en toda la novela como un encanto añadido.

Al final, Pilar amalgama todos estos elementos para conseguir un relato personal, crudo, ofrecido al lector como una historia sin ambigüedades ni florituras, defendiendo un estilo que, sin ser novedoso, está cultivado con inteligencia, dedicación e interesantes aportaciones.